La política, para mi gusto, es el máximo esplendor de la lucidez humana. Hombres, mujeres, niños, ancianos, todos poseen un animal político en su interior como bien lo intentó explicar Aristóteles en un comienzo, pero el deber ser de ésta, es el engorroso clivaje dicotómico y cambiante con respecto a la coyuntura mundial.
El ser político, es un poco el idealismo clásico a la luz de los eruditos perplejos sobre la fuerza de inercia que mueve el sistema; no obstante, la naturaleza humana por decirlo de alguna manera, se ha encargado de destapar la caja de Pandora que cada ser lleva en su interior. Y es por esto que los sentimientos intrínsecos pueden solventar posturas macabras sobre la relación de un líder con su pueblo, y la culpa no es sólo del lider, es del pueblo que quizá en un momento de demencia senil eligió soberanamente a quién se merece.
Como bien lo menciona César Fernández Moreno, “la educación tiene por objeto que todos lleguen a robar libros de poesía”, simplemente, la historia, las revoluciones, las guerras, el sistema, son quienes escriben los sucesos que involucran una explosión intelectual, son éstas quienes fomentan la animosidad de los ilustrados para que por alguna fuerza divina tracen un rumbo cuasi-bíblico y prometedor que abruma las altas esferas de una tierra prometida, una política prometida capaz de ser pensada, articulada, confrontada, asumida y democratizada: aquello en aras de crear una fórmula mágica al estilo Einstein que atómicamente explote y esparza las ideas más eruditas.
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